Tanta información a veces puede nublarnos la vista de lo que realmente importa.
Ya normalizamos lo rápido que nos enteramos de las cosas y no nos detenemos a pensar cómo ha cambiado el acceso a la información en tan poco tiempo. Hoy podemos saber al momento lo que está pasando al otro lado del mundo.
Esto es relativamente nuevo. Hay que recordar cómo fluyó la información el 11 de septiembre de 2001, con la caída de las Torres Gemelas. Decían que había sido una avioneta la que se había estrellado, había pocas imágenes del primer impacto y había muchas especulaciones. ¿Se imaginan lo que hubiera sido en un mundo donde hay muchas cámaras de buena definición en la calle? Habría tomas desde varios ángulos e incluso transmisiones en vivo para alguna red social desde adentro de los edificios.
Conoceríamos más historias. Esas llamadas que hoy se han publicado y se pueden escuchar en el memorial del 9/11, estoy seguro de que serían muchas más. Habría más datos, pues. Es un evento que, sin duda, marcó un antes y un después en la historia de la humanidad, pero pensemos en cómo habría sido con la comunicación a la que se tiene acceso hoy en día gracias a la tecnología.
Y así podría enumerar un sinfín de eventos cuyos efectos sin duda se hubieran exponenciado de haber existido no solo el acceso a la comunicación de hoy en día, sino también la producción de contenido a la que estamos expuestos actualmente.
¿A qué voy con todo esto? A veces estamos envueltos en tal cantidad de información que produce los siguientes efectos:
El primero, no darle su justo valor a los eventos del día a día. Cuando escuchamos que un empresario le dijo a un político: “Tú eres el héroe de esta película”, no existió mucho más contenido que ese, pero los efectos fueron duraderos. Hoy pudimos escuchar toda una colección de audios y videos donde un “empresario” pone París a los pies de un “chamaquito” que resultó ser hijo de la presidenta del INE.
Dos eventos que, lastimosamente, retratan a la clase política mexicana, pero más que eso, a nuestra sociedad. Quizá por la cantidad de material audiovisual, lo morboso y lo cercano. Vaya, tampoco son más lamentables que el asesinato de Álvaro Obregón o la guerra sucia emprendida contra personas incómodas al sistema, con pensamientos de derecha o de izquierda, por cierto. Sin distinguirlos, muchos fueron asesinados. Pero, pues, no había cámaras o celulares que pudieran captar esos momentos y nuestra memoria es corta.
El segundo, darle demasiado valor a los eventos del día a día. El día de mañana, alguna noticia en algún lugar del mundo, por más lejano que sea, seguro será más interesante, más morbosa, más trascendental que la noticia de hoy. Y entonces nuestra percepción es que el mundo está peor que nunca. ¿O a poco no es lo que escuchamos?
Prefiero vivir con esperanza, lejos del pesimismo. Ya hemos expresado estos conceptos en este espacio. No es negación, es estar conscientes de que cada época tiene su afán, pero también saber que no todo lo que sucede merece nuestra angustia ni toda noticia define el rumbo del mundo. Tenemos que aprender a mirar la realidad con perspectiva, distinguir lo verdaderamente importante y no perder la esperanza entre tanto ruido.
Apunte al aire
Y si estamos hipercomunicados, los gobiernos deben hipercomunicar. Es complicado. En nuestra estructura legal, que es la que le da vida a las estructuras de gobierno, partimos de los principios de la familia romano-germánica. ¿Qué implica ello? Que nuestro sistema jurídico se construye principalmente a partir de normas generales y abstractas que buscan regular supuestos de hecho. En cambio, en el sistema anglosajón, conocido como common law, la jurisprudencia y los precedentes judiciales tienen un papel central en la construcción y aplicación del derecho, pues las decisiones de los tribunales contribuyen a definir cómo se resuelven casos concretos.
¿Por qué afectaría la comunicación gubernamental la pertenencia a una familia del derecho?
Porque, en los sistemas de tradición romano-germánica, la reglamentación, las leyes y las políticas públicas suelen tener que ajustarse a realidades que cambian constantemente. Muchas veces, cuando se diseña una norma o una política pública, la realidad ya avanzó. Al ser la comunicación parte integral de la forma de gobernar, también enfrenta ese reto: debe adaptarse a una realidad que no espera a que las instituciones reaccionen.
La comunicación gubernamental no es cosa fácil, no solo es difundir a tiempo los logros o acciones de los administradores de la cosa de todos. Para combatir esa desventaja que estructuralmente tenemos al estar siempre atrás de la realidad, la comunicación en gobierno debe generar al menos:
- Empatía con el gobernado.
- Una narrativa congruente con el plan de gobierno de quien encabeza una administración.
- Hablar de cara a la verdad con caridad.
La responsabilidad de la comunicación en un gobierno no debe recaer en una sola persona. Quizá sea quien lo coordine, pero sin duda es un tema transversal en donde todos los que integran un equipo deben participar.
¿Es fácil? Por supuesto que no. Sin duda, es de los retos más grandes para cualquier persona con una responsabilidad pública: la comunicación.
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