Esta historia la debemos de conocer todos los mexicanos y si me ayudan mis queridos amigos a compartirla con otros, cada vez seremos más quienes entendamos el valor de esta responsabilidad dada.

En 1867 el Emperador Maximiliano de Habsburgo quedó sólo defendiendo su imperio de ultramar, en México; el austriaco logró reunir un ejército de 9.000 hombres, con los que, aconsejado por sus generales, hizo fuerte en Querétaro en contra de las tropas republicanas de Benito Juárez. Quien contaba con 4 veces esa cantidad de efectivos y además disponía de armamento moderno, especialmente artillería, Aún así, Maximiliano logró resistir casi tres meses el asedio de los mexicanos hasta que, traicionado por el coronel Miguel López del Ejército de la Emperatriz, que entregó al enemigo las claves para poder entrar, Querétaro cayó.

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Al perder la ciudad, Maximiliano perdió el trono y un mes después la vida en el paredón.

Es en este contexto que comienza la historia que les quiero contar.

A la caída de Querétaro, quedó prisionero del Ejército Juarista el General Don Severo del Castillo, Jefe del Estado Mayor del Ejército Imperial de Maximiliano; quien como a todos los cercanos al emperador, fue condenado a enfrentar el pelotón de fusilamiento; mientras se llegaba el día de la ejecución su custodia se le encomendó al Coronel Republicano Carlos Fuero.

En la víspera de la ejecución del General Del Castillo, el Coronel Fuero dormía en el cuartel cuando su asistente lo despertó:
-El General Del Castillo, desea hablar con usted Coronel.
Fuero se vistió de prisa y acudió de inmediato a la celda del condenado a muerte.
No olvidaba que el General Don Severo Del Castillo, había sido su maestro en la academia militar y amigo cercano de su padre.

-Carlos-, le dijo el General, -perdona que te haya hecho despertar. Como tú sabes, me quedan unas cuantas horas de vida y necesito que me hagas un favor.-
-Quiero confesarme y hacer mi testamento.-
-Por favor manda llamar al padre Montes, y al licenciado José María Vázquez.-

-Mi General-, respondió el Coronel Fuero. -No creo que sea necesario que vengan esos señores.-

-¿Cómo?-, arremetió molesto el General del Castillo -Deseo arreglar mis asuntos mundanos y con el Creador, ¿y me dices que no es necesario que vengan el notario y el sacerdote?-

-En efecto mi General-repitió el Coronel -No hay necesidad de mandarlos llamar. Le propongo que Usted vaya personalmente a encontrarse con ellos; yo me quedaré en su lugar hasta que usted regrese. Empeño mi vida a cambio de la suya_

El General Don Severo se quedó estupefacto. La muestra de confianza que le daba el joven Coronel Fuero era extraordinaria.

-Pero Carlos-, le respondió emocionado -eso es una locura-
-¿Qué garantía tienes de que regresaré, para enfrentarme al pelotón de fusilamiento?-

-¡Su PALABRA DE HONOR mi General!-, contestó Fuero.

-Ya la tienes-, dijo Don Severo, abrazando al joven Coronel.

Salieron los dos y dijo Fuero al encargado de la guardia:
-El General Del Castillo, va a su casa a arreglar unos asuntos. Yo me quedaré en la celda en su lugar como prisionero. Cuando él regrese, me manda despertar.-

A la mañana siguiente, cuando llegó al cuartel el superior de Fuero, el General Sóstenes Rocha. El encargado de la guardia le informó de todo lo sucedido.

Corriendo fue Rocha a la celda en donde estaba Fuero y lo encontró durmiendo tranquilamente. Lo despertó moviendo su camastro y diciéndole:

_-¡¿Qué hiciste Carlos?! ¿Por qué dejaste ir al General Del Castillo?-

-Ya volverá-, le contestó Fuero.
-Y si no lo hace, entonces me fusilan a mí.-

En ese preciso momento se escucharon pasos en la acera:
-¿Quién vive?-, gritó el centinela.
-¡México!-respondió la vibrante voz del General Del Castillo -y un prisionero de guerra.-

Cumpliendo su PALABRA DE HONOR, volvía Don Severo para ser fusilado.

El General Severo Del Castillo, no fue pasado por las armas ya que Rocha le contó a Don Mariano Escobedo lo que había pasado, y éste le informó a Don Benito Juárez. Éste, comprendió el gesto de ambos militares, indultó al bravo General, y ordenó la suspensión de cualquier procedimiento contra el Coronel Fuero. Ambos hicieron honor a la Gloriosa Institución y a su palabra.

Esta historia nos acerca más a la verdadera connotación que los mexicanos debemos dar a la palabra “Fuero”. Gozar de “Fuero”, es aquel beneficio que se obtiene de empeñar la palabra y responder a ella.

Lamentablemente en el tiempo los políticos han olvidado esta connotación o la han hecho a un lado, para gozar de canongías, o privilegios extravagantes y fuera de la ley… en resumidas cuentas, licencia para cometer abusos de poder.

También muchos de los que no son políticos han olvidado lo que es tener: “palabra de honor”, para eludir sus responsabilidades, evitar sus compromisos y engañar muchas veces, hasta a sus más allegados: a su familia, sus amigos, a sus compañeros de trabajo, o a su empleador.

Hoy en día vemos con tristeza cómo esto ha perdido valor, ahora la ley está para violarse, la palabra para romperse y el honor para mancillarse.
Hagamos eco de aquellos dos militares que con su ejemplo nos dieron una gran lección, hoy más que nunca aprendamos de nuestro pasado y aprovechemos la oportunidad de exigir que los nuevos legisladores que están esperando tomar protesta honren su palabra y usen el fuero para lo que fue concebido, darles certeza de que sus opiniones no serán objeto de acoso institucional.

Inculquemos a nuestros hijos lo que es tener palabra y honrémosla con nuestras acciones.

Bueno ahora ya saben de donde viene el tan mentado fuero y la valía de tener palabra de honor.